jueves, 18 de abril de 2019

XVIII AULA DE POESÍA: Presentación del Homenaje a JAVIER EGEA (por Juan Javier Ortigosa Cano). OLULA DEL RÍO, 11/04/2019.





XVIII AULA DE POESÍA OLULA

PRESENTACIÓN DEL HOMENAJE A
JAVIER EGEA
Por Juan Javier Ortigosa Cano

Buenas tardes a todos. Bienvenidos a la decimonovena edición del aula de poesía del IES Rosa Navarro. En primer lugar, me gustaría daros las gracias a todos por vuestra presencia y, por supuesto, agradecerles a Ángeles, Teresa, Álvaro y Pepa -maestros y amigos- el hecho de haber buscado un hueco en esta apretada agenda que nos impone el tiempo para venir a un pueblo de Almería y rendir homenaje a Javier Egea.
Hablando del tiempo, cada vez tengo más claro, que al final se trata de una cuestión de perspectiva. Cambian las personas de lugar pero los sitios permanecen. Pienso que no hace mucho -en realidad, realmente poco- yo estuve sentado en esas sillas en las que ahora os encontráis; y cuando alguien presentaba a un poeta; mis amigos y yo lo dotábamos automáticamente de un aura sagrada, inaccesible.
El temor era comprensible; acostumbrados a los poetas que firman con su nombre en la historia y se hacen eco en los libros de texto. Y es aún más comprensible hoy ya que no presentamos a uno, sino a tres grandes poetas y una magnífica narradora. Sin embargo, tal y como fuimos aprendiendo poco a poco, este temor era completamente infundado y la aureola -como ya explicó Baudelaire- a estos poetas se les cayó hace tiempo. 
En primer lugar porque son sencillamente humanos, ni santos ni profetas; profesores, escritores y ante todo lectores. Magníficas personas que uno espera encontrarse por los pasillos de la universidad o por una calle cualquier para saber de ellos, para preguntarles qué tal va todo o en qué trabajan. Y aunque de sobra merecen una presentación exhaustiva de sus respectivas obras es otra la labor que hoy nos reúne. Hablar de Javier Egea, de quien fue más allá de su obra o de la rastreable biografía que todo nos dice y nada nos cuenta. Porque un hombre no es siempre lo de dictan sus circunstancias, porque a veces las personas se construyen a través de sus amigos, de sus lecturas, la identidad es siempre una construcción.

Y al plantearme hablar de Javier Egea el primer recuerdo que tengo sobre él es un viejo retrato en el estudio de mi padre. Para el niño que fui, un gesto familiar en la pared, que desde su lienzo contemplaba el vuelo estéril de mis horas. No fue hasta mucho más tarde cuando, poesía de por medio, conocí su pequeña verdad de enamorado; su noche canalla y su pobre amor tan viejo, tan torpe, tan cansado. 

Resulta imposible pensar en esta presentación como un acercamiento a quien nunca he conocido. Tal es la contradicción que subyace en la poesía, y en toda la literatura en realidad. Uno siente que conoce a quien, por circunstancias reales, le es ajeno porque ignoramos la ficción autobiográfica y las máscaras extrañas del poeta. Sin embargo, la poesía de Javier se resiste al engaño, sus libros son un largo paréntesis de intimidad en el que las palabras cobran el valor y la vitalidad que le faltaba al viejo retrato de mi padre. 

No conozco a Javier Egea lo confieso, igual que vosotros tampoco lo conoceréis al cerrar este cuadernillo. Sin embargo, cuando hoy os vayáis, y abandonéis con resignada paciencia vuestros asientos, sentiréis una mano en el hombro que garantiza a un amigo. Tal vez porque la poesía es ese pequeño pueblo en armas, en el que nada se olvida; ese lugar que se resiste a los mapas; esa casa a la que siempre estáis invitados, aunque sea por escrito.

Juan Javier Ortigosa Cano







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